domingo, 16 de noviembre de 2014

La luna que trae finales felices

Era un pueblecito de una belleza excepcional. Por más que me habían contado, no llegué a imaginármelo tan bello. Todo él estaba construído en madera, todas sus calles empedradas con maestría. No tenía aspecto de viejo ni descuidado, el entorno en que se encontraba era paradisíaco, de un verdor y un frescor mágicos. Cuando llegué a la casa no pude reprimir una sonora exclamación de asombro, al igual que mis dos pequeñas que inquetas gritaban y saltaban dentro del coche: Una enorme llanura de fina hierba, con columpios, un pozo, un molino de viento, granero y un leñero digno de una pelicula con los troncos cortados y apilados simétricamente, un grueso tronco con un enorme hacha preparado para cortar la madera, arboles frutales y cientos, miles de pájaros.
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En pocos días, mi felicidad, dejó de ser completa. La actitud de los habitantes comenzó a inquietarme sobremanera. Evitaban con descaro intimar conmigo, eran esquivos; salvo cuando se interesaban por el tiempo que tenía pensado permanecer en el lugar, y cuando les hacía saber que tenía intención de quedarme, sus rostros se tornaban oscuros y sus gestos eran de desaprobación. Estaba convencido de que algo escondían, un secreto que presentía horrible.
Empecé a obsesionarme con la idea de que mis pequeñas corrían peligro y estuve indagando para conseguir información, hasta que alguien me recomendó hablar con un viejo que habitaba el bosque.
Sus historias mágicas sobre una maldición y la luna no fueron nada creíbles. Pero cuando me relató que en el primer plenilunio del otoño se producían unos episodios de locura en los domicilios de los llegados de fuera, entendí que los habitantes de ese pueblo maldito estaban desprovistos de la cordura. Y sí creí las hitorias que me contó sobre hombres, y también mujeres que habían asesinado salvajemente a sus familias. Enseguida comprendí que eran esos dementes que habitaban el lugar los asesinos. Desesperado, escuché como el viejo me informaba del poco tiempo de que disponía ya que esa luna llena que traía la demencia asesina al pueblo iluminaría la noche que se estaba aproximando.
Al llegar a la casa, compruebo que han cortado el suministro de electricidad. ¡Esos malditos locos ya están preparando su cacería! Por suerte la luna llena alumbra la noche como un pálido sol. Ella me ayudará a escapar.
Estoy terminando de cargar el coche cuando algo me dice que están en el bosque. Es la luna quien me avisa del peligro, y siento sus miradas malignas, percibo sus movimientos, las sombras; pero ya está todo listo, sólo quedan mis hijas...
¡Mierda! El puto coche no arranca. Han sido ellos. Sí, la luna me dice que han sido ellos.
Ya sólo quedan mis hijas en la casa. Ellas y ese enorme hacha ¡No caerán en sus manos! Ya la luna me dice lo que he de hacer...

9 comentarios:

  1. Pegado a la silla hasta el final...Qué final!!! Muy buen relato Miguel Ángel. Saludos

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  2. Me atrapaste. Los ministerios de seguridad de todos los países tienen que prohibir en los pueblos esas "armas"...en mi pueblo no hay casa sin una. Tremendo final. Me recordó a The Shine. Conozco muchos pueblos así y me ha dado miedo. Un abrazote

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  3. Intrigante, inquietante, con la tensión in crescendo...Muy bueno.
    Un abrazo

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  4. Menos mal que tienen a la luna como aliada. Muy buen relato, con su toque de intriga, misterio y oscuridad.
    Abrazos.

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  5. +Miguel Ángel.
    Me ha gustado mucho tu cuento de terror.
    A mí me gustan los finales felices, así que por mi salud mental imaginaré que pudiste escapar con tus hijas, lo de más me da pesadillas.
    Muy bien logrado.
    Un gran abrazo.

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  6. Te echo mucho de menos.........ma ete indien

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  7. Muy buen cuento, Miguel Angel.
    Lo has logrado de nuevo; un gran giro.
    Me gustó mucho.

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  8. Precioso cuento, con un final feliz que alivia. Excelente Miguel Ángel, compartido queda.

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